Hombrecitos
Hombrecitos —Este es mi encierro dominical —dijo la tÃa Jo, mostrándole armarios llenos de volúmenes, estampas, cajas de pinturas, reproducciones arquitectónicas, periódicos pequeños, papel, plumas, etcétera—. Quiero que mis hijos gusten del domingo y lo deseen como grato descanso del estudio y del trabajo habitual, pero quiero que, al par que se recrean, se instruyan y aprendan cosas distintas de las que se enseñan en la escuela… ¿Me entiendes? —exclamó, dirigiéndose a Nat, que escuchaba embelesado.
—Usted se propone enseñarles a que sean buenos —respondió tras breve vacilación.
—Justamente; quiero enseñarles a que sean buenos y a que amen el bien. Ya sé que, a veces, es difÃcil conseguirlo, pero con el mutuo auxilio y la recta voluntad todo se alcanza. He aquà uno de los medios que empleo para el logro de mis propósitos —murmuró tomando un libro grueso, lleno de notas y abriéndolo en una página que tenÃa escrito un nombre arriba.
—Pero ¡ese nombre es el mÃo! —insinuó Nat.
—SÃ; tengo una página para cada niño. A cada uno le llevo la cuenta de su comportamiento durante la semana. Si es malo, me disgusto; si es bueno, me regocijo y ufano; y, de cualquier modo, sabiendo que me intereso por ellos, y deseando complacerme y complacer a papá Bhaer, procuran ser juiciosos y aplicados.