Hombrecitos
Hombrecitos —Yo creÃa que lo eran siempre —observó Nat, atisbando el nombre de Tommy en la página opuesta a la suya, y preguntándose qué figurarÃa en aquella cuenta.
La señora Bhaer lo notó y volvió la hoja, murmurando:
—Mis apuntes sólo los ven los interesados. Llamo a este libro mi libro de conciencia; lo que de ti escriba, sólo tú y yo lo sabremos. De ti depende quedar satisfecho o avergonzado cuando leas tu página el domingo próximo. ConfÃo en que tu cuenta será buena; procuraré darte facilidades y me complacerá verte alegre, dócil y observador de nuestras escasas reglas, aprendiendo y aprovechando algo.
—Lo procuraré, señora —balbuceó, ruboroso, Nat, ansiando evitar a su protectora el disgusto de una cuenta mala, y anhelando proporcionarle el regocijo y la ufanÃa de una cuenta buena—. Pero —añadió— debe ser molesto escribir tanto.