Hombrecitos
Hombrecitos —No —contestó la señora, acariciándole y cerrando el libro—; porque ignoro qué me agrada más, si escribir o estar entre niños. ¿Te asombras? Es cierto que hay personas que se impacientan al lado de pequeñuelos, pero es porque no los comprenden ni saben tratarlos. Yo sÃ; hasta hoy no he encontrado niño del cual no se pueda conseguir cuanto se desee, hallando el camino de su corazón. No podrÃa pasar sin la turba de mis traviesos y alborotados chicuelos, ¿verdad, Teddy mÃo? —exclamó abrazando al bribonzuelo, en el preciso instante en que éste trataba de guardarse el tintero en el bolsillo.
Nat, que nunca hasta entonces habÃa oÃdo lenguaje semejante, no acertaba a decidir si la señora Bhaer era una lunática o una criatura abnegada y ejemplarmente bondadosa. Se inclinaba por esto último, recordando que aquella mamá se anticipaba a llenar los platos de los niños antes de que éstos lo pidieran, se reÃa de sus bromas, les tiraba blandamente de las orejas y les daba cariñosas palmaditas.
—Me figuro que te agradará ir ahora a la escuela y ensayar en el violÃn el acompañamiento de los coros que cantaremos esta noche —apuntó la señora, sospechando que el chico querrÃa entrar en la vida común.