Hombrecitos

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Solo con el amado violín, ante el libro de música, junto a la ventana inundada de sol primaveral y en profundo silencio, el niño gozó más de una hora de felicidad aprendiendo dulces melodías de otros tiempos, y olvidando sus amarguras.

Cuando regresaron los que habían ido a misa, y cuando todos comieron, unos se dedicaron a la lectura; otros a escribir a sus respectivas familias, y dieron las lecciones dominicales y charlaron entre sí, tranquilamente, formando grupos aislados. A las tres salieron de paseo; la infancia y la adolescencia necesitan ejercicio y aire libre, y paseando, las inteligencias vírgenes aprenden, en el gran libro de la Naturaleza, a ver y amar la infinita magnanimidad de Dios. El señor Bhaer acompañaba siempre a sus discípulos y siempre encontraba «enseñanzas en las piedras y en las hierbas; libros en los cristalinos arroyos, y bondad en todas las cosas».

Mamá Bhaer, con sus dos hijos y con Daisy, se fue a la ciudad a hacer la visita semanal a la abuela, visita que era motivo de íntima y recíproca satisfacción. Como Nat no estaba muy fuerte para tan largo paseo, se quedó en casa con Tommy, el cual, afablemente, se había brindado a enseñarle todo Plumfield.


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