Hombrecitos
Hombrecitos —Ya conoces la casa; asÃ, pues, saldremos y verás el jardÃn, el granero y el «parque zoológico» —dijo Tommy, cuando se quedaron solos con Asia, encargada de evitar cualquier barrabasada—. Todos nosotros tenemos nuestros animales favoritos y los guardamos en el granero, al cual hemos denominado parque zoológico. Ya estamos en él. Dime, ¿no es una preciosidad mi lechoncito? —exclamó Tommy señalando con orgullo a un cerdo horriblemente feo.
—Conozco a un niño que tiene una docena de lechoncitos y me ofreció uno, pero yo no disponÃa de sitio para guardarlo y no pude aceptar. Era blanco, con manchas negras y hocico rojo; tal vez me lo regalarÃa aún, si tú lo quieres.
—Me gustarÃa tenerlo y te daré éste y vivirán juntos, si no se pelean. Mira aquellos ratoncitos blancos: son de Rob; se los regaló Franz. Los conejos son de Ned, las gallinas de Guinea pertenecen a George, ya sabes, a «Zampabollos». Ese cajón es el estanque de los galápagos de Medio-Brooke; aun no han empezado a hacer crÃa; el año pasado tuvo sesenta y dos; en uno de ellos grabó su nombre y la fecha, y lo dejó ir, esperando encontrarlo y reconocerlo cuando pase mucho tiempo. He leÃdo que unos pescadores recogieron a una tortuga que llevaba en el caparazón un letrero escrito hace qué se yo cuántos siglos… ¡Ah, te advierto que Medio-Brooke es un chico muy caprichoso!