Hombrecitos

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—¿Qué hay en esa caja? —interrogó Nat.

—¡Oh!, es la caja de los gusanos de Jack Ford. Se dedica a recoger y a criar gusanos y los guarda aquí; cuando vamos de pesca, se los compramos para ahorrarnos la molestia de preparar cebos. Pero nos cobra carísimo; ya ves, la última compra que le hice, tuve que pagarle a razón de dos peniques por docena, y además los gusanos eran muy chicos. Jack a veces es mezquino y usurero, y ya le he dicho que si no me rebaja los precios me criaré yo los gusanos que necesite para pescar. ¿Ves aquellas dos gallinas grises…? Pues son mías. Le vendo los huevos a mamá Bhaer, pero jamás le pido más de veinticinco centavos por docena, ¡jamás! Me daría vergüenza cobrárselos más caro.

—¿De quiénes son los perros? —dijo Nat.

—El perro grande es de Emil; lo llaman «Cristóbal Colón»; lo bautizó mamá Bhaer, y cuando hablamos de Cristóbal Colón nadie imagina que nos referimos al perro. El cachorro blanco es de Rob; el de color ceniza es de Teddy. Un hombre iba a ahogar a los perritos en el estanque, pero el señor Bhaer se opuso y los recogió. Los chicos juegan con ellos; yo no les hago caso; se llaman Cástor y Pólux.

—Si yo pudiera, me agradaría ser dueño del borriquito «Tobías»; es tan chiquito y tan manso, y se va tan a gusto montado —exclamó Nat.


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