Hombrecitos

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—Si hubieses madrugado diariamente y recolectado poco a poco, ahora no tendrías apuros. Te lo previne, y no hiciste caso. No puedo permitir que faltes a clase. Las ardillas saldrán gananciosas, y lo merecen, por haber trabajado mucho. Podrás salir de la escuela una hora antes que de costumbre. No puedo hacer más —dijo papá Bhaer.

El chico tuvo que resignarse, y aguardó impaciente el momento de salir. Era desesperante ver desde la ventana a las ardillas robar presurosas las avellanas, sin que el dueño pudiera evitar el despojo. Rob se consolaba algo viendo el afán con que Teddy competía con los animalitos. Este, aunque fatigado por tan dura labor, no cedía el campo a las «pícaras dillas». Su madre, admirada, fue a buscarlo. Cuando, por fin, salió Rob, halló a su hermanito cansadísimo sentado sobre la cesta, pero firme en su propósito, amenazando a los ladrones y tirándoles el sombrero, con una de sus manos sucias, y empuñando en la otra una magnífica manzana, que devoraba para cobrar bríos.

Rob ayudó con energía, y antes de las dos de la tarde la recolección había concluido, las avellanas en el granero, y los trabajadores tan rendidos como satisfechos.


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