Hombrecitos
Hombrecitos »El muchacho tuvo que pensar seriamente en lo que iba a hacer. Le dolía robar tiempo al estudio, porque no soltaba los libros más que para comer o para dormir, y adelantaba rápidamente. Pero convencido de que el señor cura cumpliría su palabra, James, aunque de mala gana, resolvió ganar dinero en las horas que le quedaran libres, para evitar que la leñera llegase a estar vacía. Actuó de mandadero, cuidó la vaca de un vecino, ayudó al sacristán a limpiar la iglesia, y así se fue agenciando medios para comprar combustible en pequeñas cantidades. Pero el trabajo era duro, los días cortos, el invierno muy frío, y daba pena soltar los amados libros para emprender antipáticas faenas. El señor cura lo observaba todo, y, sin que el chico lo supiera, le ayudaba, viendo que James, aceptando el deber del trabajo se mantenía firme en sus estudios y tareas. La víspera de Navidad en la puerta de la casa de Snow apareció una gran carga de leña con una sierra nueva y un papel que decía así: 'Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos’. Aquella mañana, el muchacho se encontró, primeramente, con el regalo de unos mitones de lana que le hiciera su madre; después, con muchas caricias de la pobre mujer, que elogió el buen cumplimiento de sus deberes filiales; y, por fin, con la carga de troncos de encina y de pino, y la sierra. Corrió a dar las gracias al señor cura. Empuñó la herramienta, y abrigaditas las manos con los mitones, pasó el día llenando la leñera, muy alegre, comprendiendo que es bueno aprender las lecciones de los libros y las que enseña el maestro, pero que tan bueno o mejor es aprender las lecciones que Dios ofrece…». ¡Colorín, colorado, este cuento se ha acabado!