Hombrecitos

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—Bueno; pues me someto a la ley —afirmó el profesor—. Allá va mi cuento: «Hace mucho tiempo, el abuelo de Medio-Brooke tuvo que ir a una gran ciudad, para buscar ayuda con destino a unos huerfanitos. La gestión fue afortunada y salió de la capital muy satisfecho, llevando bastante dinero en el bolsillo. Iba solo, guiando un pequeño coche, camino de otra población, y al oscurecer, atravesando un bosque solitario pensó que aquel sitio era muy propicio para que le robaran. De repente, vio salir de la espesura a un hombre mal vestido. Temiendo ser despojado, el abuelo pensó en retroceder. Pero el caballo estaba fatigadísimo y el viajero no quiso demostrar su recelo. Cuando se encontró más cerca, al ver la pobreza del hombre, le dijo afectuosamente: 'Suba usted, amigo; parece estar cansado’. Este, sorprendido, vaciló, y subió al fin. Guardó profundo silencio. El abuelo, discretamente, le habló de lo malo que era el año, de la miseria que reinaba y de los apuros que estaban pasando los pobres. Al cabo, el desconocido se ablandó, y, conquistado por la simpatía, narró su historia: acababa de salir del hospital, no encontraba trabajo, tenía muchos hijos y estaba desesperado por la falta de recursos. El abuelo se compadeció tanto, que olvidó todo recelo, y preguntó al infeliz cómo se llamaba y dónde vivía, ofreciéndole buscar trabajo. Al sacar el lápiz y el cuaderno de notas para apuntar las señas, se vio la cartera llena de billetes de banco. El hombre la miró codiciosamente y el abuelo temió ser robado; sin embargo, dijo con gran tranquilidad: “Aquí llevo algún dinero destinado a unos huerfanitos. ¡Ojalá fuera mío! Entonces le daría a usted una parte. No soy rico, pero sé las necesidades que sufren los pobres. Estos cinco dólares son míos; tómelos usted para dar de comer a sus hijos”. La mirada del obrero sin trabajo dejó de ser codiciosa, dura, y se tornó agradecida al recibir lo que espontáneamente se le ofrecía, sin tocar la suma destinada a los huérfanos. Cuando llegaron a la población, el obrero se apeó del carruaje, el abuelo le dio un apretón de manos y el hombre, al despedirse, le confesó: “Estaba desesperado y pensé robarle; pero ante la bondad y el cariño con que me ha tratado no he tenido valor para ello. ¡Dios lo bendiga por haberme librado de ser ladrón!”».


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