Hombrecitos
Hombrecitos Y se lo dijo con tanto cariño, que el muchacho no se sorprendió al encontrarse en la mano con la sortija de cerda, en vez del botón.
Al disolverse la tertulia, el chico ofreció a la niña el mejor trozo de la última manzana. Nan vio que Tommy llevaba puesta otra vez la sortija, y quedaron hechas las paces.
Ambos lamentaron el disgusto, y, sin avergonzarse, se pidieron mutuamente perdón.
Así la amistad permaneció inalterable y continuaron soñando con vivir en el sauce. ¡Dulce castillo edificado en el aire por ilusiones de la niñez…!