Hombrecitos

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Cuando llegó el ansiado día, los muchachos salieron a dar un paseo largo para… ¡abrir el apetito! Las niñas se quedaron en casa, para ultimar detalles y para ayudar en el arreglo de la mesa. Desde la noche antes, la sala de la escuela quedó cerrada, prohibiendo la entrada a papá Bhaer, a riesgo de ser azotado por Teddy, que guardaba la puerta como un dragoncito, aunque rabiaba por pregonar el secreto.

—Ya está todo, y resulta espléndido —exclamó Nan.

—El… ya sabes qué, está preciosísimo. Silas sabe lo que tiene que hacer —murmuró Daisy, satisfechísima.

—¡Ya vienen! Oigo la voz de Emil; tenemos que vestirnos —gritó Nan, corriendo escaleras arriba.

Los muchachos entraron en tropel, con un apetito que hubiera hecho temblar al pavo grande, de haber estado vivo.

Cuando desde los extremos de la mesa, papá y mamá Bhaer se miraron, contemplando la infantil satisfacción, silenciosamente se dijeron con los ojos: «Nuestra labor prospera. ¡Alabado sea Dios…!».

Durante algunos minutos, sólo se escuchó el ruido de los cuchillos y de los tenedores, y el que hacía, poniendo y quitando platos, Mary Ann, que lucía blanquísima cofia.


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