Hombrecitos
Hombrecitos Mientras todos contestaban: «¡Admirablemente!», y el PrÃncipe y el heraldo contestaban con la bocina y con la espada de madera, asomó Nat, violÃn en mano.
—¡Chist! ¡Chist! —dijeron los niños; y reinó el silencio.
Mamá y papá Bhaer esperaban oÃr alguno de los números de música que Nat acostumbraba a ejecutar, pero grande fue la sorpresa, al escuchar una música dulcÃsima, ejecutada con tanto primor y con delicadeza tan exquisita, que les costaba trabajo creer que era Nat el ejecutante. TÃa Meg inclinó la cabeza y besó a sus hijos; la abuela se enjugó una lágrima y mamá Bhaer le dijo al oÃdo a tÃo Laurie:
—¡Tú eres el autor de esa romanza!
—Deseaba que ese niño les hiciera honor a ustedes, sus maestros y protectores, y les diera las gracias en el idioma de su arte —contestó tÃo Laurie.
Cuando acabó la melodÃa, Nat trató de retirarse. Los aplausos y las exclamaciones se lo impidieron y le obligaron a ejecutar otras piezas, que fueron calurosamente aplaudidas.
—¡Despejen! —ordenó Emil, cuando Nat terminó.
En un momento se retiraron las sillas, se refugiaron en los rincones las personas mayores, y se agruparon los muchachos en el escenario. Mientras los niños se divertÃan, conversaban las personas mayores.