Hombrecitos

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Al descender del sauce, Tommy cayó al arroyo; como esto le ocurría con frecuencia, se sacudió tranquilamente y se marchó a la casa para secarse. Quedó, pues, Nat solo con el señor Bhaer, que era lo que éste deseaba, y durante el rato que anduvieron examinando los cuadros y macizos del jardín, el maestro se ganó el cariño del muchacho regalándole una «hacienda» y discutiendo con él las cosechas tan gravemente como si la comida de la familia dependiera del resultado de la recolección. Charlaron también sobre distintos temas que despertaron esperanzas en el ánimo del chicuelo. Mientras comía, el chico pensaba en aquellas esperanzas, y de vez en cuando fijaba los ojos en el señor Bhaer, como diciéndole:

—Me agrada lo ofrecido; no deje usted de cumplirlo.

Se ignora si el maestro entendió o no el mudo lenguaje del niño, mas cuando todos se reunieron en el cuarto de mamá Bhaer para la nocturna tertulia dominical, eligió como tema de conversación algo que parecía sugerido por el paseo en el jardín.




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