Hombrecitos

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Una sirvienta carirredonda y coloradota abrió sonriendo y tomó la carta que el pequeñuelo silenciosamente le ofreció. Parecía acostumbrada a recibir niños extraños. Hizo que tomase asiento en el vestíbulo y se alejó, diciendo:

—Espera un poco, y sacúdete el agua que traes encima.

Prontamente halló entretenimiento el chico, con sólo dedicarse a contemplar, desde el oscuro rincón próximo a la puerta, el espectáculo que se desarrollaba ante su vista.

La casa debía estar llena de chicuelos que se distraían jugando en aquella hora lluviosa del anochecer. Había muchachitos por todas partes; arriba y abajo, en lo alto y al pie de la escalera, en las habitaciones y en los pasillos; por todas las puertas se veían grupos de niños de distintas edades, que retozaban con gran contento. Dos espaciosas habitaciones, a la derecha, servían evidentemente de aulas, a juzgar por los pupitres, mapas, pizarras y libros de que estaban llenas. En la chimenea ardía buena lumbre; ante ella, varios niños tiraban por alto las botas, discutiendo un juego de cricket. Sin hacer caso del alboroto, un muchacho de espigado talle tocaba la flauta en un rincón. Dos o tres saltaban sobre los pupitres y se reían de las caricaturas que un compañero trazaba en la pizarra.


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