Hombrecitos

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En la habitación de la izquierda, sobre una larga mesa, veíanse jarras de leche y bandejas llenas de panecillos, galletas y bizcochos. El aire estaba impregnado de olor a manzanas cocidas y a tostadas de pan con manteca…, ¡olor desesperante para un estómago hambriento…!

En lo alto de la escalera había jugadores de bolos; en la primera meseta y en la segunda había quienes se dedicaban a otros juegos; en un escalón leía un niño, en otro, una chiquitina le cantaba a su muñeca; dos perros y un gatito se mezclaban a los grupos infantiles; y, en fin, a lo largo del pasamanos, se deslizaban algunos diablejos.

Sugestionado por aquella animación, Nathaniel salió del rincón en que tomara asiento, y cuando un chico, al resbalar por el pasamanos, cayó con fuerza bastante para romper una cabeza que no estuviese acostumbrada a once años de caídas y de coscorrones, instintivamente corrió a socorrer al desdichado jinete, creyendo encontrarle medio muerto. El caído, sin embargo, se limitó a hacer algunas muecas de disgusto; luego, mirando al intruso, exclamó:

—¡Hola…!

—¡Hola! —replicó Nathaniel.

—¿Eres nuevo? —preguntó el caído, sin levantarse.

—Aún no lo sé.


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