Hombrecitos

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El señor Laurence no lo olvidaba; por el contrario, le enviaba vestidos, libros y música, le escribía cariñosas cartas, y, de vez en cuando, iba a verlo o a llevarlo a algún concierto en la ciudad; en estas ocasiones, Nat era felicísimo, porque iba a la casa-palacio del señor Laurence, donde veía a la señora y a la lindísima hija de su bienhechor, comía sabrosos platos y disfrutaba tanto, que, durante mucho tiempo después, hablaba de ello de día y soñaba con ello por la noche.














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