Hombrecitos
Hombrecitos Daisy rió contentísima; extendió la manteca, amasó a conciencia, y cuando la pasta estuvo a punto, la colocó formando delgadas capas, en varios platos. En seguida cortó la manzana en trocitos delgados y la espolvoreó con azúcar y canela.
—Siempre tuve empeño en hacer pasteles redondos, pero Asia no me dejaba —murmuró la niña.
A todas las cocineras, aun a las mejores, les suele salir mal algún plato. Esto le sucedió a la seudo-Sally, que, cuando más entusiasmada estaba preparando el pastel vio escurrírsele la bandeja y rodar la masa por el suelo. Gritó la pequeñuela, soltó la carcajada mamá Bhaer, escandalizó Teddy y durante un momento hubo gran alboroto en la cocina.
—Menos mal —observó la niña, recogiendo la masa— que nada se ha perdido; siento que se haya empolvado algo.
—Veo con gusto que mi cocinera particular tiene buen genio. Y ahora, abre el tarrito de la conserva de ciruelas, rellena el hueco del pastel y cúbrelo, como hace Asia, con un trocito de pasta.
—Y encima le trazaré una R y lo adornaré con zig-zag; verás qué bonito quedará —exclamó la chicuela recargando y extremando los adornos hasta lo inverosímil, y llevando en seguida el pastel al horno.