Las Mujercitas se casan

Las Mujercitas se casan

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Para los de afuera parecían gobernar la casa las cinco enérgicas mujeres, y así era efectivamente en muchas cosas, pero aquel hombre tranquilo, estudioso, sentado entre sus libros, seguía siendo el jefe de la familia, la conciencia hogareña, el ancla, el consuelo. Era hacia él a quien se volvían en momentos difíciles las mujeres de su hogar atareadas o inquietas, según el caso, encontrándolo siempre, en el estricto cumplimiento de esas misiones sagradas: marido y padre.

Las chicas entregaban a su madre el corazón y a su padre el alma, y a ambos, que vivían y bregaban por ellas con tanta firmeza, les daban un amor que crecía igual que ellas y las ligaba con lazos de esa ternura que es bendición para la vida y que sobrevive a la muerte.

La señora de March está tan ágil y animosa como la vimos la última vez, aunque con su cabeza más cana. Por el momento la tienen tan absorbida los asuntos de Meg que los hospitales y los sanatorios, todavía llenos de soldados heridos, extrañan decididamente las visitas maternales de esta misionera voluntaria.




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