Los Muchachos de Jo
Los Muchachos de Jo ―Me acostumbré a pensar que yo era Fronda y que veÃa el resplandor del cabello de Aslaugha, que me prometÃa una nueva vida lejos de aquellos muros. La imaginaba en una de las pocas estrellas que el estrecho ventanuco de mi Calabozo me permitÃa ver. Usted dirá que todo eso son tonterÃas, ¿verdard? Quizá tenga razón. Pero en todo caso, esas tonterÃas obraron el milagro de contener mis Ãmpetus, de que me esforzase en dominar mi carácter desbocado, en ser mejor, en aceptar con humildad el castigo, en proyectar una nueva vida de honradez, trabajo y ayuda a mis semejantes.
Se enardecÃa mientras hablaba, le brillaban los ojos de apasionamiento.
―Si eso son tonterÃas, ¡benditas sean! No me las quite. Con ellas no hago mal a nadie. No me aconseje que borre esta ilusión de mi corazón. Poco importa que no pueda ser nunca realidad. Pero necesito amar algo y prefiero estar enamorado de una quimera, como Fronda lo estaba de un espÃritu, que de cualquiera de esas chicas vulgares a las que yo compararÃa a todas horas con la maravillosa «Princesita».
La tranquila desesperación de Dan llenó de dolor el corazón de Jo. Pero no quiso darle esperanzas, porque ella entendÃa que no las habÃa y habrÃa sido cruel mantener esta ilusión.