Los Muchachos de Jo
Los Muchachos de Jo ―Ya me doy cuenta de que no te agrada, y lo siento. Tomo nota para no invitarte a mi granja del Oeste, si es que llego a tenerla. SerÃa muy ordinaria para ti, ¿verdad?
―No me preocupa en absoluto. Voy a ir unos años a Roma. Lo mejor del arte universal puede encontrarse allÃ. No basta una vida entera para gozar tanta belleza.
―No digo que Roma no tenga cosas bonitas ―insistió Dan, medio convencido y en parte también para enfadar a Bess―, pero la Naturaleza ofrece cosas que no tienen rival. Piensa en un caballo al galope, libre y feliz en una pradera inmensa; las crines al viento, la armonÃa en todos sus movimientos. Si no encuentras belleza en ella, me doy por vencido. Es que no puedes encontrarla en nada.
―Tiempo me quedará para ver si esos caballos son más bellos que los del Capitolio y los de San Marcos. Procura no burlarte de mis angelitos y gatitos y yo no lo haré de tu salvaje Oeste.
―Eso ya está mejor. También vendrás a vernos al Oeste. Yo creo que debe conocerse bien el propio paÃs antes de ir al extranjero.
―Pero debiéramos adoptar todo lo que los extranjeros tienen mejor que nosotros ―intervino Nan, que era de ideas avanzadas.
―¿Por ejemplo?