Mujercitas

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Como era de esperar, todos respondieron entusiasmados y, una vez iniciada la ronda de vítores, fue difícil pararla. Brindaron a la salud de todos, desde la del señor Laurence, que era considerado el mecenas del grupo, hasta la de un conejillo de Indias que se había acercado a buscar a su joven dueño. Por ser el mayor de los nietos, Demi fue el encargado de entregar a la reina del día los regalos, que eran tantos que tuvieron que usar una carretilla para acercarlos. Algunos estaban mal hechos, pero lo que para otra persona hubiesen sido defectos, para la abuela eran virtudes, porque le encantaba recibir regalos de sus nietos. Para la señora March, cada puntada que Daisy había dado pacientemente al hacer la bastilla de su pañuelo era mejor que el más delicado de los bordados. La caja de zapatos que había hecho Demi era una obra de arte, aunque la tapa no cerrase bien; el escabel de Rob tenía unas patas inestables y se movía mucho, pero la abuela lo encontró muy blandito. Y ninguna página del suntuoso libro que la hija de Amy le entregó tenía más valor para la señora March que aquella en la que la niña había escrito en titubeante caligrafía: «Para mi querida abuela, de su pequeña Beth».





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