Mujercitas

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A las cuatro, hicieron una pausa. Los cestos permanecieron vacíos mientras los recolectores descansaban y comparaban sus cosechas y sus magulladuras. Entonces, Jo y Meg, ayudadas por un destacamento de los muchachos mayores, montaron la mesa sobre la hierba, porque un día de júbilo como aquel siempre terminaba con una gran merienda. En aquellas ocasiones, la tierra se inundaba, literalmente, de leche y miel, ya que no obligaban a los chicos a sentarse a la mesa y estos podían comer como les venía en gana y disfrutar de la libertad que tan esencial es para un alma joven; para sacar el máximo partido a una situación tan poco frecuente, algunos probaban a beber leche haciendo el pino, otros jugaban a la pídola y comían pastel entre salto y salto; sembraban galletas a voleo por todo el campo y las empanadas de manzana acababan posadas sobre las ramas de los árboles como una nueva clase de pájaro. Las niñas organizaron su propia merienda y Ted picoteaba de los platos a su antojo.

Cuando ya nadie era capaz de comer más, el profesor propuso el primero de los brindis, que solían hacer en tales circunstancias:

—¡Dios bendiga a la tía March! —El brindis era sincero, pues el bueno de Bhaer no olvidaba lo mucho que debía a la anciana, y bebió en silencio, junto a los muchachos, que habían aprendido a respetar y mantener viva la memoria de la tía—. ¡Y ahora, por los sesenta años de la abuela!


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