Mujercitas

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Aquel día, Jo estaba a sus anchas y corría con el vestido recogido, el sombrero en cualquier lugar menos en la cabeza y su hijo bajo el brazo, dispuesto a vivir cualquier aventura. El pequeño Teddy parecía protegido por un hechizo, ya que nunca le ocurría nada malo. Jo no se angustiaba si le veía trepar por un árbol con un muchacho, galopar sobre una rama o comer las amargas bayas rojas que le daba su indulgente papá, que, como buen alemán, creía a pies juntillas que el estómago de un niño puede digerir cualquier cosa, desde col en vinagre hasta botones, uñas o sus propios zapatos. Sabía que el pequeño Ted volvería, sonrosado y sin un rasguño, sucio y tranquilo, y siempre le recibía afectuosamente, porque Jo quería mucho a sus hijos.











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