Mujercitas

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—¡Mis queridos muchachos! Me alegra ver que se olvidan del trabajo y se divierten por un día —comentó Jo, que ahora siempre hablaba en tono maternal sobre todo el mundo—. Sí, los recuerdo, pero la vida que quería entonces ahora me parece egoísta, solitaria y fría. No he perdido la esperanza de escribir un buen libro algún día, pero puedo esperar y estoy segura de que será para mejor, porque podré inspirarme en escenas como ésta —añadió Jo señalando desde los alegres muchachos que se veían a lo lejos hasta su padre, que caminaba del brazo del profesor, embebidos en una conversación de la que ambos disfrutaban, y, por último, a su madre, sentada como una reina en su trono, rodeada de sus hijas, con sus nietos en el regazo y a sus pies, como si aquel rostro que nunca envejecería para ellos les aportase consuelo y dicha.

—Mi sueño es el que mejor se ha cumplido. Yo aspiraba a tener grandes lujos pero, en el fondo de mi corazón, sabía que podría ser feliz en una casa pequeña, con un hombre como John y mis queridos hijos. Gracias a Dios, tengo todo eso y soy la mujer más dichosa del mundo. —Meg descansó la mano sobre la cabeza de su hijo mayor, con una expresión llena de ternura y de satisfacción.



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