Mujercitas
Mujercitas »Como eran unas jovencitas muy inteligentes, decidieron seguir el consejo y pronto se sorprendieron al comprobar lo afortunadas que eran. Una descubrió que el dinero no podÃa evitar que la vergüenza y la pena entrasen en una casa, por rica que ésta fuese; otra, que se creÃa pobre, entendió que gracias a su juventud, su buen humor y su salud era más feliz que cierta anciana cascarrabias que no sabÃa gozar de su posición; una tercera comprendió que, por desagradable que resultase tener que preparar la cena, era mucho peor tener que mendigar para poder cocinarla, y la cuarta comprobó que ser buena valÃa más que tener una sortija de cornalina. Asà pues, convinieron en no volver a quejarse, disfrutar de las bendiciones que habÃan recibido y procurar ser merecedoras de ellas pues, en lugar de crecer, podrÃan muy bien desaparecer. Y creo que nunca se arrepintieron ni se sintieron decepcionadas por seguir el consejo de la anciana.
—Marmee, qué ingeniosa. Has dado la vuelta a nuestras historias y las has aprovechado para darnos un sermón —exclamó Meg.
—Me gusta esta clase de sermones. Me recuerda los que nos solÃa dar papá —observó Beth, pensativa, mientras enderezaba las agujas en el acerico de Jo.
—Yo no me suelo quejar tanto como las demás pero, después de ver lo que le ha ocurrido a Susie, lo haré mucho menos —afirmó Amy, muy seria.