Mujercitas
Mujercitas —Ahora el chico está descuidando sus clases de música y me alegro, porque estaba demasiado volcado en ellas. Pero el piano se resiente si nadie lo toca; ¿podrÃa ir alguna de sus hijas a tocar de vez en cuando para mantenerlo afinado?
Beth dio un paso al frente y juntó las manos para no aplaudir. La tentación era irresistible, y solo de pensar en poder tocar aquel magnÃfico instrumento se quedó sin aliento. Antes de que la señora March pudiese decir algo, el señor Laurence hizo un extraño gesto de asentimiento y siguió hablando:
—No tienen por qué ver o hablar con nadie, pueden entrar en cualquier momento, porque yo estoy siempre encerrado en mi estudio, en la otra punta de la casa. Laurie pasa mucho tiempo fuera y las criadas nunca se acercan al salón pasadas las nueve. —Dicho esto, se levantó como si fuese a despedirse y Beth se decidió a hablar, puesto que este último comentario habÃa vencido sus últimas resistencias—. Por favor, dÃgaselo a sus hijas y, sà no les interesa venir, no se preocupe.
En ese momento, una manita se deslizó en la suya y Beth le miró llena de gratitud mientras decÃa con su habitual timidez y dulzura:
—SÃ, señor, ¡les interesa muchÃsimo!
