Mujercitas
Mujercitas —¿Es usted la jovencita a la que le gusta la música? —preguntó él, sin sobresaltarla esta vez con un «ah», al tiempo que la miraba con ternura.
—Soy Beth: me encantarÃa ir a su casa, siempre y cuando me garantice que nadie me oirá ni me interrumpirá —añadió ella, temerosa de resultar descortés y asombrada de su propio atrevimiento.
—No habrá ni un alma, querida; la casa está vacÃa la mayor parte del dÃa, asà que puedes venir y hacer todo el ruido que quieras. Estaré en deuda contigo.
—¡Qué amable es usted, señor!
Beth se ruborizó bajo la amable mirada del anciano, pero ya no tenÃa miedo y le estrechó la mano para darle las gracias, incapaz de agradecerle con palabras la preciada oportunidad que le brindaba. El anciano caballero le retiró con dulzura el pelo de la frente, se inclinó hacia ella, le dio un beso y dijo en un tono poco habitual en él:
—Yo tuve una vez una niña que tenÃa unos ojos como los tuyos; Dios te bendiga, querida. Buenos dÃas, señora. —Y se fue precipitadamente.