Mujercitas
Mujercitas —Tienes que ir a darle las gracias —dijo Jo en broma, porque no creÃa que su hermana pequeña fuese capaz de hacerlo.
—SÃ, ya lo habÃa pensado. Supongo que será mejor ir ahora, antes de que tenga tiempo de pensar y me entre el miedo. —Y para asombro de toda la familia, Beth salió al jardÃn, cruzó el seto y llamó a la puerta del señor Laurence.
—¡Que me muera ahora mismo si esto no es lo más increÃble que he visto en mi vida! El piano la ha trastornado. En su sano juicio, nunca se hubiese atrevido —exclamó Hannah, sin quitar ojo a la niña, mientras las demás parecÃan haber enmudecido de asombro ante semejante milagro.
De haber visto lo que Beth hizo a continuación, se hubiesen sorprendido aún más. Lo creáis o no, fue hasta el estudio y llamó a la puerta sin darse tiempo para pensar. Cuando una voz ronca dijo «Adelante», entró y se acercó al señor Laurence, que parecÃa tan perplejo como la propia familia de Beth. La niña le tendió la mano y dijo con voz trémula:
—He venido a darle las gracias, señor, por… —No pudo terminar la frase porque la mirada del anciano le resultó tan entrañable que olvidó el discurso que habÃa preparado; lo único que podÃa recordar era que el caballero habÃa perdido a una nieta muy querida, por lo que se abrazó a su cuello y le dio un beso.