Mujercitas
Mujercitas 
Si el tejado de la casa hubiese salido volando en ese instante, el anciano no habrÃa sentido un asombro mayor. Pero le gustaba. ¡Oh, sÃ! ¡Le gustaba muchÃsimo! Aquel beso, dado con toda confianza, le enterneció tanto que, por unos instantes, olvidó su carácter arisco; sentó a la pequeña sobre sus rodillas y juntó su rugosa mejilla a la de ella, rosada, y sintió que volvÃa a estar con su nieta. Desde ese dÃa, Beth no volvió a tener miedo del anciano y solÃa sentarse a charlar con él, con total confianza, como si le conociese de toda la vida. El amor expulsa al miedo y la gratitud doblega al orgullo. El anciano la acompañó hasta la puerta de su casa, le estrechó la mano cordialmente y se tocó el sombrero antes de regresar a la suya, muy erguido y con paso majestuoso, como el caballero elegante y de porte marcial que era.
Al ver la escena, Jo bailó y brincó como muestra de satisfacción; Amy casi se cae de la ventana de puro asombro, y Meg se llevó las manos a la cabeza y exclamó:
—¡Parece que el mundo se ha vuelto loco!