Mujercitas

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Al día siguiente, Amy llegó bastante tarde a la escuela, a pesar de lo cual no pudo resistir la tentación de mostrar, con disculpable orgullo, el paquete de papel marrón húmedo que llevaba antes de guardarlo en el fondo del pupitre. En los siguientes minutos, corrió el rumor de que Amy March tenía veinticuatro limas deliciosas (ya había comido una por el camino) e iba a compartirlas; sus amigas respondieron colmándola de atenciones exageradas. Katy Brown la invitó allí mismo a su próxima fiesta; Mary Kingsley insistió en prestarle su reloj hasta la hora del patio, y Jenny Snow, la sarcástica jovencita que tanto se había mofado de Amy por su falta de limas, enterró el hacha de guerra y se ofreció a ayudarla a hacer algunas sumas especialmente complicadas. Pero Amy tenía muy presentes los mordaces comentarios de la señorita Snow sobre «ciertas personas que, a pesar de tener la nariz chata, huelen las limas ajenas y, a pesar de ser engreídas, olvidan su orgullo para pedirlas» y destruyó su esperanza con un mensaje telegráfico desalentador: «No te esfuerces en ser amable, no te voy a dar ninguna».






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