Mujercitas
Mujercitas —Jovencitas, presten atención, por favor.
El tono severo de la orden hizo que los murmullos cesaran y cincuenta pares de ojos azules, negros, grises y marrones miraron obedientes a aquel rostro terrible.
—Señorita March, acérquese a mi mesa.
Amy se levantó con aparente calma, pero secretamente aterrada, con el peso de las limas sobre su conciencia.
—Traiga las limas que guarda en su pupitre —añadió el profesor. La orden la pilló tan desprevenida que se detuvo en seco.
—No se las lleves todas —susurró su compañera, una jovencita con gran presencia de ánimo.
Amy dejó seis limas en el pupitre y llevó las restantes a la mesa del señor Davis, convencida de que si aquel hombre tenía alma no podría resistirse a su dulce aroma. Por desgracia, el señor Davis no soportaba el olor de la fruta confitada, por lo que la repugnancia se sumó a la ira.
—¿Es esto todo?
—No exactamente —balbució Amy.
—Traiga el resto de inmediato.
La niña lanzó una mirada de impotencia a sus compañeras y obedeció.
—¿Seguro que no quedan más?
—Yo nunca miento, señor.