Mujercitas
Mujercitas El señor Davis había declarado ilegales las limas y había anunciado que utilizaría públicamente la férula con la primera persona que descubriera contraviniendo la ley. Hombre tenaz, había logrado, tras una encarnizada guerra, desterrar la goma de mascar, había hecho una hoguera con las novelas y los periódicos confiscados a las alumnas, había desarticulado un servicio de correos privado, había prohibido las muecas, los motes y las caricaturas y había hecho todo lo que estaba en su mano por mantener a cincuenta niñas rebeldes a raya. Es cierto que los niños ponen a prueba la paciencia de los adultos, pero las niñas son infinitamente más difíciles, sobre todo para un hombre nervioso, de carácter tiránico y con menos dotes pedagógicas que el doctor Blimber. El señor Davis tenía amplios conocimientos de latín, griego, álgebra y demás ciencias, por lo que se le consideraba un buen profesor; los modales, la moralidad, los sentimientos y el ejemplo no se consideraban relevantes. Aquél era un pésimo momento para denunciar a Amy y Jenny lo sabía. Estaba claro que el señor Davis había tomado un café demasiado cargado aquella mañana, soplaba un viento de levante que empeoraba su habitual dolor de cabeza y sus alumnas no le habían dejado en tan buen lugar como esperaba. En resumen, se podría decir, con más claridad que elegancia, que el señor Davis estaba de un humor de perros. El término «limas» fue la chispa que encendió la mecha. Se puso rojo de ira y golpeó la mesa con tal saña que Jenny volvió a su asiento con una rapidez inusitada.