Mujercitas
Mujercitas —No, no lo sé.
—¡Es mentira! —exclamó Jo sujetándola por los hombros y clavándole una mirada capaz de asustar a una niña mucho más valiente que Amy.
—No lo es. No lo tengo, no sé dónde está y, además, me trae sin cuidado.
—Sà lo sabes, y será mejor que empieces a hablar antes de que te obligue —replicó Jo zarandeándola suavemente.
—Por mucho que grites, no volverás a ver tu viejo y estúpido libro —exclamó Amy, que empezaba a alterarse.
—¿Por qué?
—Lo he quemado.

—¿Cómo? ¿Has quemado el libro del que tan orgullosa estaba, en el que tanto habÃa trabajado para que estuviese terminado a la vuelta de papá? ¿De verdad lo has quemado? —preguntó Jo, que seguÃa agarrando con fuerza a Amy, nerviosa, con el semblante pálido y los ojos encendidos de rabia.
—¡SÃ, lo he hecho! Ayer te advertà que pagarÃas por haber sido tan desagradable conmigo, y me he encargado de que asà sea…