Mujercitas
Mujercitas La paciencia y la humildad que reflejaba el rostro amado eran la lección que Jo necesitaba, más eficaz que el sermón más sabio o la reprimenda más dura. Encontró consuelo en la confidencia que le habÃa hecho su madre y en su comprensión. Saber que su madre tenÃa un defecto similar al suyo y se esforzaba por corregirlo hacÃa más soportable su dolor y la animaba a tratar de curarse, aunque, para una joven de quince años, cuarenta años de rezos y propósitos de enmienda le parecÃa un plazo demasiado largo.
—Mamá, cuando aprietas los labios y sales de la habitación porque la tÃa March se queja o alguien te molesta, ¿es que estás enfadada? —preguntó Jo, que se sentÃa más próxima a su madre que nunca.
—SÃ. He aprendido a reprimirlas palabras desagradables que acuden a mis labios y, cuando la tentación es demasiado fuerte, me alejo unos segundos para recordarme que no debo ser tan débil y cruel —contestó la señora March con una sonrisa y un suspiro mientras alisaba y peinaba con los dedos el revuelto cabello de Jo.
—¿Cómo aprendiste a guardar la calma? Es lo que más me cuesta. Las palabras hirientes escapan de mi boca antes de que me dé cuenta y, cuanto más digo, más me altero, hasta el punto de que me satisface decir cosas horribles y herir los sentimientos de los demás. Querida mamá, dime cómo lo haces.
—Mi madre solÃa ayudarme…