Mujercitas
Mujercitas —¡Mamá, ojalá algún dÃa lograra ser la mitad de buena que tú! Me bastarÃa con eso —declaró Jo conmovida.
—Espero que logres ser mucho mejor, querida, pero debes vigilar al enemigo que anida en tu pecho, como papá le llama. De lo contrario, te llenará de congoja e incluso podrÃa echar a perder tu vida. Lo de hoy ha sido un aviso. Tenlo presente y esfuérzate de corazón por controlar tu mal genio para que no tengas que sentir un dolor y un remordimiento mayores que los de hoy.
—Lo intentaré, mamá, de veras, pero no dejes de ayudarme y llamarme al orden antes de que salte. Recuerdo que, a veces, papá se llevaba el dedo a los labios y te miraba con mucha dulzura, y tú apretabas los labios o te ibas. ¿Era esa su forma de ayudarte?
—SÃ, yo le pedà que lo hiciera y él nunca lo olvidaba. Con ese gesto discreto y una mirada amable impedÃa que dijera cosas desagradables.
Jo vio que las lágrimas asomaban a los ojos de su madre y que sus labios temblaban al hablar. Temiendo haber ido demasiado lejos, preguntó angustiada:
—Mamá, ¿te parece mal que os observara o que haya sacado el tema ahora? No querÃa ser irrespetuosa. Es que me siento tan feliz y a gusto hablando contigo de todo lo que me preocupa.