Mujercitas
Mujercitas Aquello era demasiado en boca de un jovencito mucho menor que ella, de modo que Meg se retiró diciendo malhumorada:
—Eres el chico más descortés que he visto nunca.
Muy molesta, se acercó a una ventana, para que el aire le refrescase las mejillas, que le ardÃan por culpa de lo apretado de su vestido. El mayor Lincoln pasó a su lado y, segundos después, Meg oyó que le decÃa a su madre:
—Se están burlando de aquella muchachita. QuerÃa presentártela, pero la han echado a perder. Esta noche, parece una muñeca.
¡Dios mÃo!, se dijo Meg con un suspiro. Ojalá hubiese tenido suficiente sentido común para usar mi ropa. Asà no habrÃa incomodado a nadie ni me sentirÃa tan rara y avergonzada.
Apoyó la frente sobre el frÃo cristal y permaneció allÃ, medio oculta tras la cortina, sin importarle que estuviese sonando su vals favorito, hasta que notó que alguien se acercaba. Se trataba de Laurie, que parecÃa arrepentido. Hizo una reverencia completa y le tendió la mano al tiempo que ofrecÃa una disculpa:
—Perdona mi rudeza. ¿Me concedes este baile?
—Temo resultar excesivamente desagradable para ti —contestó Meg intentando mostrarse ofendida, pero sin conseguirlo.