Mujercitas
Mujercitas —Bueno, ¡en la vida he oÃdo mayor insensatez! —exclamó Jo, indignada—. ¿Por qué no saltaste y se lo dijiste en el acto?
—No podÃa, me resultaba demasiado embarazoso. Al principio, no pude evitar oÃrlas y, luego, estaba tan furiosa y avergonzada que no pensé en alejarme.
—Espera a que vea a Annie Moffat. Te enseñaré cómo poner fin a chismes ridÃculos. ¿De modo que piensan que tenemos un plan y somos amables con Laurie porque es rico y podrÃa casarse con una de nosotras? ¡Lo que se va a reÃr en cuanto le explique lo que esas tontas dicen de nosotros! —Jo se echó a reÃr como si, bien mirado, todo aquello fuese un chiste de lo más ocurrente.
—¡Si se lo cuentas a Laurie, no te perdonaré jamás! Mamá, ¿verdad que no debe hacerlo bajo ningún concepto? —dijo Meg visiblemente alterada.
—Claro que no. No repitáis nunca ese necio comentario y olvidad el asunto lo antes posible —declaró la señora March, muy seria—. No fue muy inteligente por mi parte dejarte ir a casa de personas que conozco tan poco. Seguro que son amables pero, por lo que veo, son afectadas, maleducadas y tienen toda suerte de ideas vulgares acerca de la juventud. No sé cómo expresar lo mucho que lamento el daño que te haya podido provocar esta visita, Meg.