Mujercitas
Mujercitas 
—¡Tramposa! ¡Traidora! ¡Jo! ¿Cómo has podido? —gritaron las tres muchachas mientras Snodgrass conducÃa triunfalmente a su amigo hacia el centro de la estancia; acercó una silla y le dio un distintivo que le hacÃa miembro de pleno derecho.
—Vuestra osadÃa no tiene parangón, par de granujas —dijo el señor Pickwick, que intentaba adoptar una expresión ceñuda y solo consiguió esbozar una amigable sonrisa de reprobación.
El nuevo miembro, que supo estar a la altura de las circunstancias, se levantó, saludó graciosamente al presidente y dijo con su tono más encantador:
—Señor presidente, queridas damas, perdón, caballeros… PermÃtanme que me presente. Soy Sam Weller, su humilde servidor.
—¡Bien, bien! —exclamó Jo golpeando la mesa con el mango de un viejo calentador de camas en el que se apoyaba.
—Mi fiel amigo y noble patrocinador —prosiguió Laurie tras hacer un gesto con la mano—, cuya presentación me halaga, no merece reprobación alguna por la estrategia utilizada esta noche. Yo la ideé y ella solo accedió después de mucho rogarle.
—Venga, no te eches toda la culpa ahora; sabes que fui yo quien propuso lo del armario —le interrumpió Snodgrass, que habÃa disfrutado mucho con la broma.