Mujercitas
Mujercitas Sallie se echó a reír; Meg asintió con la cabeza y arqueó las cejas cuanto pudo, lo que hizo que aquella aparición se desvaneciese y se fuera a poner la masa a hornear sin más dilación. La señora March echó un vistazo aquí y allá y se fue a la calle, no sin antes consolar a Beth, quien cosía la mortaja para su canario, que reposaba en el interior de la caja de dominó. Al ver cómo el gorro gris de su madre desaparecía tras la esquina, a las muchachas les invadió una extraña sensación de desamparo, que se convirtió en desesperación cuando, minutos después, la señorita Crocker se invitó espontáneamente a comer. Era una dama solterona, delgada, de tez amarillenta, nariz aguileña y mirada inquisitiva, que se fijaba en todo y cotilleaba sobre todo cuanto veía. A las muchachas no les caía bien, pero les habían enseñado a ser amables con ella porque era pobre y vieja y tenía pocos amigos. Así pues, Meg le cedió la butaca e hizo lo que pudo por distraerla, mientras la anciana se dedicaba a hacer preguntas, lo criticaba todo y contaba chismes sobre sus conocidos.