Mujercitas
Mujercitas El comandante en jefe y sus ayudantes pusieron enseguida el mantel y colocaron la comida y la bebida de forma muy decorativa, con hojas verdes a modo de centro de mesa. Jo anunció que el café estaba listo y todo el mundo se sentó a disfrutar de una abundante comida, porque la juventud no suele tener problemas de dispepsia y el ejercicio despierta mucho el apetito. Fue una comida muy alegre, desenfadada y divertida, con frecuentes carcajadas que sobresaltaban a un venerable caballo que pastaba cerca. El terreno sobre el que habían colocado el mantel era desigual, lo que provocó no pocos estropicios con tazas y platos; la leche se llenó de bellotas que caían del árbol, un grupo de hormiguitas negras se sumó al festín sin que nadie las invitara y unas velludas orugas se deslizaron tronco abajo para ver mejor qué ocurría. Tras la valla asomaron las cabecitas de tres niños y, desde el otro lado del río, se oyó a un perro ladrar con toda su fuerza.

—Si te apetece, puedes echarles sal —dijo Laurie mientras le tendía a Jo un plato de fresas.