Mujercitas
Mujercitas —TenÃa ante sà a una mujer alta, vestida de blanco, con el rostro cubierto por un velo y una lamparilla en la mano —prosiguió Meg—. Le indicó por señas que la siguiese y lo condujo, sigilosa, por un pasillo oscuro y frÃo como una tumba, flanqueado por sombrÃas efigies con armaduras, en medio de un silencio sepulcral, con la luz azulada de la lámpara de aceite como guÃa. La fantasmagórica figura volvÃa la cabeza hacia él de vez en cuando y mostraba, tras el blanco velo, el brillo de unos ojos terrorÃficos. Llegaron a una puerta con cortinajes tras los que sonaba una música hermosÃsima. El caballero se disponÃa a entrar, pero el espectro lo retuvo y agitó ante él, con aire amenazador…

—… una caja de rapé —siguió Jo en un tono muy grave que impresionó al auditorio—. «Gracias», dijo el caballero, muy educado, al tiempo que tomaba un pellizco que le hizo estornudar varias veces con tanta fuerza que se le cayó la cabeza, «¡Ja, ja!», rió el espectro, Tras mirar por el ojo de la cerradura y ver que la princesa seguÃa hilando para salvar su vida, el diabólico espÃritu recogió el cuerpo de su vÃctima y lo puso en una gran caja de latón junto con otros once caballeros descabezados, como si fueran sardinas. De pronto, todos se levantaron y empezaron a…