Mujercitas
Mujercitas Llegados a ese punto, ninguna pudo contener el llanto. A Jo ya no le daba vergüenza que vieran el grueso lagrimón que tenÃa en la punta de la nariz, y Amy ocultó el rostro en el hombro de su madre, sin importarle que se le estropeara el peinado, y dijo entre sollozos:
—¡Soy una egoÃsta! Pero me voy a esforzar por mejorar para que papá no se sienta defraudado cuando vuelva.
—Todas lo haremos —exclamó Meg—. Yo me preocupo demasiado por mi aspecto y no me gusta trabajar, pero voy a cambiar.
—Yo intentaré ser lo que él llama una «mujercita», y procuraré no ser tan tosca e indomable y cumpliré con mis obligaciones en casa en lugar de querer estar siempre en otra parte —explicó Jo, convencida de que dominar su temperamento era una misión mucho más ardua que la de mantener a raya a unos cuantos rebeldes sureños.
Beth no dijo nada. Se enjugó las lágrimas con el calcetÃn azul marino que estaba haciendo y empezó a tejer con ahÃnco; poniendo manos a la obra se afanó en la tarea que tenÃa más cerca,
mientras prometÃa para sà que serÃa todo aquello que su padre esperaba encontrar cuando, al cabo de un año, llegase el momento feliz de su regreso.