Mujercitas
Mujercitas La señora March rompió el silencio que habÃa seguido a las palabras de Jo diciendo con su habitual tono alegre:
—¿Recordáis que de pequeñas solÃais jugar al Progreso del peregrino? Nada os gustaba tanto como que os atara hatillos a la espalda, os diera sombreros, bastones y rollos de papel y os dejara recorrer la casa desde la bodega, que era la Ciudad de Destrucción, hasta la buhardilla, donde creabais vuestra Ciudad Celestial con todo lo que habÃais recogido.
—¡SÃ, era muy divertido! Sobre todo cuando luchábamos contra los leones, nos enfrentábamos a Apollyón y atravesábamos el valle donde vivÃan los duendes —recordó Jo.
—A mà me gustaba el momento en el que se nos caÃan los fardos y rodaban escaleras abajo —apuntó Meg.
—Para mÃ, lo mejor era cuando llegábamos a la azotea, donde estaban las flores, el cenador y todas aquellas cosas hermosas, y cantábamos llenas de alegrÃa a pleno sol —recordó Beth con una sonrisa, como si reviviera el momento.