Mujercitas
Mujercitas —Sospecho que disfrutarÃa si tuviese a Laurie por alumno. Sentiré mucho no estar con él el año que viene —comentó el señor Brooke mientras hacÃa un agujero en la hierba.
—Supongo que irá a la universidad. —Las palabras salieron de los labios de Meg, pero sus ojos preguntaban: «¿Y qué será de usted?».
—SÃ, es hora de que vaya; ya está casi preparado y, en cuanto salga, se hará soldado.
—¡Me alegra saberlo! —exclamó Meg—. Me parece que todos los jóvenes se enrolarÃan gustosos, aunque a las madres y las hermanas que se quedan en casa les resulte duro —añadió con pena.
—Yo no tengo hermanas y solo unos pocos amigos a los que les importarÃa si vivo o muero —dijo el señor Brooke con amargura mientras, con aire distraÃdo, dejaba la rosa en el agujero y lo cubrÃa de tierra, como si fuese una tumba.
—Estoy segura de que a Laurie y a su abuelo les importarÃa mucho y, si algo le ocurriera, todos en mi familia lo lamentarÃamos mucho —repuso Meg con el corazón en la mano.