Mujercitas

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sin dejar de mirar a Meg con una expresión tan lastimera que ella soltó una carcajada que echó a perder el efecto de la canción.

—¿Cómo puede ser tan cruel conmigo? —le susurró Ned aprovechando que los demás hablaban y no le oirían—. Primero pasa todo el día pegada a esa estirada inglesa y ahora se burla de mí.

—No era mi intención, pero estaba tan gracioso que no he podido evitarlo —contestó Meg, pasando por alto a propósito la primera parte de su reproche, pues ciertamente le había huido por lo ocurrido en la fiesta de los Moffat y por lo que le había oído decir a él después.

Ned se sintió ofendido y, volviéndose hacia Sallie en busca de consuelo, dijo:

—Esta muchacha no es nada coqueta, ¿verdad?

—Es cierto, pero es un encanto —contestó Sallie defendiendo a su amiga sin por ello negar sus faltas.

—Tampoco es tan inocente como parece —apostilló Ned, que pretendía dárselas de listo y lo consiguió como suele ocurrir con los caballeros.

Los asistentes a la fiesta se despidieron muy cordialmente en el mismo jardín en el que se habían encontrado. Los Vaughn se marchaban a Canadá. La señorita Kate siguió con la mirada a las cuatro hermanas mientras atravesaban el jardín en dirección a su casa y dijo, sin el tono resabido habitual en ella:


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