Mujercitas
Mujercitas 
Era una cálida tarde de septiembre y Laurie se mecía plácidamente en su hamaca. Se preguntaba qué harían sus vecinas, pero se sentía demasiado perezoso para levantarse e ir a averiguarlo. Estaba de mal humor; el día no había sido satisfactorio ni de provecho, y le hubiese gustado tener la oportunidad de vivirlo nuevamente desde el principio. El calor le volvía indolente; no había prestado atención en clase, había puesto a prueba la paciencia del señor Brooke y, luego, enojado a su abuelo al practicar en el piano casi toda la tarde. Había aterrorizado al servicio al insinuar que uno de los perros se estaba volviendo loco y, después de quejarse ante el mozo de cuadra de que no cuidaban lo suficientemente bien de su caballo, se había tumbado en la hamaca para lamentarse de lo absurdo que resultaba el mundo en general, hasta que la belleza de aquella tranquila tarde serenó su ánimo aun a su pesar. Mientras contemplaba la verde copa del castaño del que colgaba la hamaca, se entregó a toda suerte de fantasías y, cuando se imaginaba en medio del océano, en un viaje alrededor del mundo, el sonido de unas voces le devolvió de golpe a la realidad. Echó un vistazo y, por el tejido de malla de la hamaca, vio a las hermanas March salir juntas, como si formasen parte de una expedición.
