Mujercitas

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—Bueno, quería hacer algo por papá —respondió Jo mientras se sentaban a la mesa, porque los jóvenes sanos no pierden el apetito ni en la peor situación—. Pedir prestado me gusta tan poco como a mamá y sabía que la tía March protestaría, como hace siempre que tiene que soltar un centavo. Meg había dado su sueldo para pagar el alquiler y yo me había comprado unos vestidos con el mío, así que me sentí fatal y me dije que conseguiría algo de dinero fuera como fuese.

—No tenías que sentirte mal, hija, no tenías ropa de invierno y te compraste prendas muy modestas con lo que tú misma ganaste —observó la señora March, con una dulzura que emocionó a la joven.

—Al principio no se me ocurrió que podía vender mi pelo, pero mientras le daba vueltas al asunto y pensaba en lo mucho que me gustaría entrar en tiendas caras y comprar lo que hiciese falta, llegué al escaparate de una barbería y vi que había colas de pelo expuestas con el precio a la vista. Una de ellas, tan oscura como mi melena aunque algo más larga, valía cuarenta dólares. Entonces comprendí que tenía algo de valor y, sin pensar, entré y pregunté si compraban cabello y cuánto me darían por el mío.

—Todavía no entiendo cómo te atreviste —dijo Beth con asombro.


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