Mujercitas

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—El peluquero era un hombrecillo que parecía vivir dedicado a cuidar su cabello. Al principio se sorprendió como si no estuviese acostumbrado a que entrasen muchachas para vender su pelo. Me contestó que no le interesaba, que el color de mi melena no era el que se llevaba, que, de comprarlo, no estaba dispuesto a pagar demasiado, que tendría que trabajar mucho para arreglarlo; continuó así un buen rato. Se estaba haciendo tarde y me dije que, si no era posible cortarlo en ese momento, lo más probable es que luego no tuviese valor para seguir con el plan y, cuando me propongo algo, me gusta llevarlo hasta el final. Así que le rogué que lo aceptase y le expliqué el apuro en el que me veía. Fue una tontería, supongo, pero el caso es que cambió de idea. Yo estaba muy nerviosa y le conté todo sin orden ni concierto, y su mujer, que estaba escuchando, intercedió amablemente. Dijo: «Cógelo, Thomas, hazle un favor a esta muchacha. Yo haría lo mismo por nuestro Jimmy si tuviese cabello que vender».

—¿Quién es Jimmy? —preguntó Amy, a la que le gustaba que le aclarasen las dudas en el acto.

—Su hijo, que, según dijo, está en el ejército. Una de esas coincidencias que invitan a ser más amable con un desconocido. La mujer me dio conversación mientras su marido me cortaba el pelo y eso hizo el trance más llevadero.


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