Mujercitas
Mujercitas —¿No te sentiste morir con el primer tijeretazo? —preguntó Meg con un estremecimiento.
—Eché un último vistazo a mà melena mientras el barbero preparaba el material, pero eso fue todo. Pequeñeces como ésta no me quitan el sueño, aunque confieso que me sentà muy rara cuando vi mi pelo sobre la mesa y sentà las puntas ásperas al pasarme la mano por la cabeza. Fue como sà me hubiesen amputado un brazo o una pierna. La mujer observó mi expresión y me dio un mechón de recuerdo. Te lo daré a ti, mamá, para que recuerdes viejas glorias, porque el nuevo corte resulta tan cómodo que no creo que vuelva a llevar el cabello largo nunca más.
La señora March dobló el mechón castaño y lo dejó junto a otro, más corto y gris, en su escritorio. Aunque no dijo más que «Gracias, querida», las muchachas dedujeron de la expresión de su rostro que era conveniente cambiar de tema, de modo que charlaron lo más animadamente que pudieron sobre la amabilidad del señor Brooke, el buen pronóstico del tiempo para el dÃa siguiente y la alegrÃa que se llevarÃan cuando su padre volviese a casa para recuperarse.