Mujercitas
Mujercitas Ninguna querÃa acostarse cuando, a las diez, la señora March terminó de coser y dijo: «Venga, niñas». Beth fue hacia el piano y tocó la canción favorita de su padre. Todas empezaron a cantar con la mejor voluntad, pero se les fue quebrando la voz, hasta que solo quedó Beth, que cantaba con toda el alma, pues para ella la música era siempre el más dulce consuelo.
—Id a la cama y no os quedéis hablando. Mañana habrá que madrugar y necesitaréis haber dormido bien. Buenas noches, queridas hijas —dijo la señora March, una vez terminada la canción, que fue la única de la noche, ya que nadie estaba de humor para seguir cantando.
Las muchachas la besaron en silencio y se fueron al dormitorio sin hacer ruido, como si hubiese un enfermo durmiendo en la habitación contigua. Beth y Amy cayeron rendidas a pesar de la preocupación, pero Meg se quedó despierta, atormentada por los pensamientos más sombrÃos de su corta vida. Dado que Jo no se movÃa, Meg la supuso dormida, hasta que un sollozo apagado la hizo exclamar, al tiempo que acariciaba una mejilla húmeda:
—Jo, querida, ¿qué te ocurre? ¿Lloras por papá?
—No, ahora no.
—Entonces, ¿qué te ocurre?